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martes, 14 de octubre de 2014

Entre zozobra y esperanza


José Luis San Pedro, nos decía que poner el dinero como bien supremo, nos conduce a la catástrofe. Esta frase me ha venido martilleando estos días en la que por momentos he olfateado en el ambiente un cierto olor a podrido. Vientos apocalípticos, oliendo a muerte. Esta España nuestra, desvalida y recortada, está exangüe, perpleja e indignada de la carga que le ha sobrevenido. Es el diezmo a pagar por haber vivido arrodillados y rezando tantos años, al dios don dinero. No hay castigos divinos, solo deudas que pagar. Se hizo añicos el espejo donde todos al vernos, nos veíamos ricos y guapos. El espejo recompuesto, ahora solo es un puzle incompleto de gestos rotos, pesarosos y arrugados. Al levantar la alfombra, descubrimos toda la suciedad barrida y escondida a nuestros pies. Dudamos si seguir tirando. Tanto tiempo mirando hacia otro lado.


Del pasado he aprendido que la indiferencia y la pasividad son colaboradores necesarios previos a la catástrofe. Pero pienso que el peligro siempre está unido a la esperanza. Por más que el virus del ébola se nos venga más mortal que nunca. Octubre llegó cargado de nubarrones amenazantes. Entre atónito y expectante, contemplo un debate a garrotazos entre los míos, por averiguar de quién es la culpa si del muerto o del reo, pero por si acaso a la horca con el perro. Somos así, cainitas, muerto el perro, murió la rabia. Mucho me temo que pasado el duelo, el muerto seguirá muerto y el vivo volverá al bollo. Y no es eso. El termómetro se pone para medir la fiebre, saber que nos pasa, el antibiótico para cortar la infección. Este protocolo de vida socialmente sana, individualmente decente, debiera estar en práctica ya, en vez de seguir demonizando a diestro y siniestro garrote en mano para el que lleve la contraria.
Esta tradicional costumbre de resbalar en la calle y preguntar, quién ha sido el culpable, nos muestra una sociedad poco dada al análisis de lo ocurrido, a la autocrítica de nuestros errores, la búsqueda de las soluciones, sabiendo que nuestras actuaciones siempre tienen consecuencias. Si son públicas, más.
Esta cómoda modorra que al saciar nuestro deseo inmediato, nos adormece y distrae. Esta noticia de la anécdota que nos oculta la realidad, la pereza que sentimos en pensar, porque eso es "filosofar", son prácticas que nos hacen seres pasivos e indiferentes, vulnerables al poder supremo del dinero, de quienes lo controlan y de sus consecuencias que terminan siendo catastróficas. Es preciso tomar el control de nuestra conciencia, de nuestro pensamiento y de nuestras vidas. Hace no muchos años, apenas unas décadas atrás, el pueblo alemán se dejó arrastrar por un iluminado, provocando la mayor tragedia del mundo contemporáneo.


La crisis actual ha puesto de manifiesto estructuras socioeconómicas que se han movido por la mentira, el desmedido afán de lucro y la más absoluta carencia de sentido solidario. Enfrentarnos a esta situación es tarea necesaria, solidaria y de todos. En especial para aquellos que están atravesando momentos duros y problemáticos.
El otoño es tiempo de sementera. En esta tierra que es la nuestra, nada ha de florecer si no esparcimos semillas, en los surcos abiertos de mullida y húmeda tierra y como dice Machado no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra. Yo creo en la primavera, aunque haya que cruzar un invierno más frío y largo que el anterior. Esta primavera, este derecho a la utopía, va a llegar florida, preñada de frutos, cuyo único fin sea solo alimentar. 
Desde mi ventana, en una tarde de lluvia tras los cristales, inquieto por todo cuanto percibo, observador y pensante, os dejo una cita con un mensaje, con la que he querido escribir toda la tarde. Pio Baroja nos decía sobre la esperanza: "Aunque tengamos la evidencia de que hemos de vivir constantemente en la oscuridad y en las tinieblas, sin objeto y sin fin, hay que tener esperanza"
Hasta la próxima semana, hermanos. Que seáis felices.
 La nota de humor:

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